Murió el Indio Solari: adiós al líder ricotero que convirtió el rock argentino en una religión pagana
Murió el Indio Solari, figura central del rock argentino, cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y arquitecto de una liturgia popular que durante más de cuatro décadas desbordó escenarios, rutas, generaciones y cualquier intento de domesticación cultural. Carlos Alberto Solari tenía 77 años y padecía Parkinson, enfermedad que él mismo había hecho pública con crudeza, lucidez y esa mezcla de ironía y fatalismo que siempre marcó su palabra.
Fundador junto a Skay Beilinson y la Negra Poli del universo ricotero, Solari no fue simplemente un cantante: fue el médium de una forma de entender el rock como territorio autónomo, marginal y profundamente argentino. Con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota levantó una obra tan hermética como popular, hecha de poesía suburbana, paranoia política, humor negro y electricidad callejera. Cada recital fue mucho más que un concierto: fue peregrinación, contraseña y ceremonia.
Después de la separación de Los Redondos, el Indio continuó su camino con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, donde sostuvo una relación intensa con un público que nunca dejó de seguirlo como quien sigue una señal en medio del ruido. También impulsó El Mister y los Marsupiales Extintos, otra deriva de su imaginación inquieta, siempre lejos del molde complaciente de la industria.
En 2015 reveló que padecía una enfermedad. “No es cáncer ni sida”, dijo entonces, antes de anunciar su alejamiento indefinido de los escenarios. Un año después, durante un recital en Tandil, puso nombre al enemigo: “Mr. Parkinson viene pisándome los talones”. Desde entonces habló del tema sin épica barata, describiendo una dolencia “jodida e invalidante”, hecha de contracturas, dolor y resistencia cotidiana.
Aun así, Solari siguió creando. Pintó, escribió, grabó y apareció de forma virtual junto a Los Fundamentalistas, como si su figura ya perteneciera a otra dimensión: menos cuerpo que símbolo, menos artista que mito en combustión lenta. Su obra queda ahí, incómoda y magnética, para recordarnos que el rock, cuando es verdadero, no pide permiso ni ofrece explicaciones.
La muerte del Indio Solari cierra una era, pero no clausura su presencia. Porque algunas voces no se apagan: quedan flotando en la multitud, en las bengalas de la memoria, en esa patria ricotera que aprendió a cantar contra el miedo, contra el poder y contra la mansedumbre.
Desde la muerte de Luis Alberto Spinetta, pocas despedidas golpearon tan hondo el corazón del rock argentino como la del Indio Solari. Porque no se va solamente un cantante: se apaga una brújula torcida, una voz que enseñó a desconfiar del poder, a abrazar la intemperie y a encontrar belleza en medio del derrumbe. Su muerte deja una herida enorme en la memoria sentimental de varias generaciones, pero también confirma algo que ya sabíamos: los mitos verdaderos no descansan en paz; siguen ardiendo en cada canción, en cada ruta ricotera y en cada garganta que todavía grita como si el pogo no fuera a terminar nunca.

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